En España hacía tiempo ya que una parte de la población teníamos la certeza de vivir en una dictadura encubierta. Esa certeza de unos cuántos "lunáticos" se convirtió en la sensación de otra gran parte de la población cuando el chiringuito financiero reventó, y desde entonces ha ido en progresivo aumento con cada nueva reforma que recortaba cada vez una porción mayor de los derechos ganados durante las últimas tres décadas. Esa sensación, muy difusa aún hasta hace poco para la mayoría de la población española, se ha ido haciendo cada vez más explícita, y probablemente el punto de inflexión lo marcase el momento en que se decretó, de forma unilateral, que por encima de los derechos civiles fundamentales, por encima de cualquier tipo de protección social, estaba el sostenimiento del sistema bancario, el pago con dinero público de una deuda ilegítima, generada por el inmenso agujero financiero dejado por la banca privada.
No es de extrañar que en los últimos años, al fuerte desapego social hacia la política a nivel general, se le uniesen oleadas de indignación y rebelión fruto del desengaño de una sociedad que durante mucho tiempo ha estado deambulando adormecida entre la burbuja de las bonanzas y la corrupción política, pero siempre con la creencia firme de que vivían en un Estado democrático de derecho. Hasta ahora algunos veteranos lo habían justificado con aquello de "lo de antes era peor (...), antes no se podía ni hablar, no es como lo que hay ahora".







