En los últimos meses, los acontecimientos en la arena internacional han alcanzado un ritmo frenético, pues no se terminaba de salir de un conflicto que ya había comenzado el siguiente. En muy poco tiempo pasamos del conflicto sirio y los vientos de guerra que arreciaban amenazando con destruir lo que aún quedaba de ese país, a Ucrania y el conflicto del Euromaidan que ha acabado llevando al poder a grupos de la ultraderecha más reaccionaria, y cuyos efectos no han tardado en dejarse notar, pues a la tan deseada firma del acuerdo de colaboración de Ucrania con la Unión Europea le han seguido las persecuciones, humillaciones y brutales agresiones contra rusos, judíos y comunistas. Cualquier parecido con la Alemania Nazi no es una coincidencia, no en vano los ultraderechistas descritos por los medios occidentales como "héroes de la democracia" han enarbolado y hasta desplegado en edificios públicos banderas con el retrato del ultranacionalista Stepan Bandera, colaborador de los nazis en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial.
Y casi al mismo tiempo, en un más que sospechoso paralelismo de los acontecimientos, comienzan unos altercados en Venezuela, que empezaron con un grupo de estudiantes de las llamadas clases media y media-alta, y que como ya es costumbre en ese escenario, fueron utilizados por los sectores más reaccionarios y recalcitrantes de la sociedad venezolana y por los servicios secretos norteamericanos para iniciar una escalada del conflicto y desestabilizar al gobierno, recibiendo éste a su vez una amplificada cobertura en los principales medios de las potencias occidentales para, una vez más, hacer la guerra psicológica al actual gobierno venezolano, formando una opinión absolutamente distópica de dicho gobierno, que es presentado a los telespectadores como totalitario, represivo y corrupto en todas sus facetas.






