Ya han pasado los primeros días desde la turbulenta jornada de elecciones al Parlamento Europeo del 25M, y con ellos se ha ido relajando poco a poco la resaca de quienes no esperaban unos resultados tan relativamente buenos, pero aún dura la perplejidad de quienes no sólo no apostaban un duro por ciertas opciones sino que esperaban que estas tuviesen un apoyo que no pasara de lo marginal, como otras tantísimas pequeñas formaciones políticas, y como en otras tantísimas ocasiones, pero esta vez no vieron venir el golpe desde su atalaya alejada de la realidad social y cuando quisieron darse cuenta no supieron explicar con certeza lo que había pasado.
Las elecciones europeas del 25 de Mayo han sido noticia por muchas cuestiones, a nivel nacional e internacional, y ha habido para todos los palos. Por un lado tenemos el preocupante y alarmante auge de la extrema derecha en toda Europa, con especial relevancia del xenófobo y pro-fascista Frente Nacional de Marine Le Pen, ganador en Francia, seguido de UKIP en el Reino Unido, y el Partido Popular Danés en Dinamarca, sin olvidarnos de otros como Amanecer Dorado en Grecia o Jobbik en Hungría, que no resultaron ser las fuerzas más votadas en sus respectivos países, pero sí que consiguieron un importante porcentaje de los votos.
Por otro lado tenemos una altísima tasa de abstención -que ya es la norma común- en la práctica totalidad de plazas europeas llamadas a estas elecciones, donde votaron en casi todos los casos menos de la mitad de los electores -42,54% de participación media, 43,81% en España-, y en otros, como el de Eslovaquia, apenas se registró un pírrico 13% de participación, cosa que debería llamar seriamente a la reflexión a más de uno y que muestra como la mayoría de la gente ha perdido toda o gran parte de la confianza en un sistema de democracia liberal que ha demostrado a todas luces ser insuficiente para satisfacer las demandas de la mayoría social.
Pero la cuestión central sobre la que han girado estas elecciones es sobre todo el derrumbe en buena parte de Europa de los habituales dos grandes partidos que suelen sustentar las democracias liberales, fruto sobre todo de las draconianas y antisociales políticas aplicadas desde el inicio de la recesión económica por los distintos gobiernos neoliberales y socialdemócratas, siguiendo las agresivas recetas de la Troika para desmantelar lo público y los derechos sociales en Europa, y que han sido las razones fundamentales de la escalada de los partidos de extrema derecha, y en menor medida, de partidos de la izquierda anticapitalista hasta ahora relegados siempre a una minoría cuasi-testimonial en el mapa europeo desde la caída del bloque socialista. Es por ello que ahora se ha empezado a hablar más que nunca del principio del fin del bipartidismo.






